Carta a los acosadores

©Anemone123 (pixabay)

Hola.
Te escribo porque ya no sé cómo decírtelo. Ni a ti ni a todos esos que cada día os burláis un poquito más de mí o de otros compañeros en el colegio, instituto o en la calle.

Te escribo para decirte que lo he intentado todo y también he seguido los consejos de mis padres ignorando tus palabras y no metiéndome en pelea.

Te pregunté las razones y solo obtuve un insulto por respuesta.

Mis padres me lo pidieron y hablé con los tuyos pero siempre me responden que solucionemos los problemas entre nosotros. Que son cosas de niños. Como si el problema fuera una pequeña anécdota que mañana ya no se repite ¡Qué engañados los tienes!

Te he preguntado por qué te caigo mal y solo respondes “porque sí”. O lo haces con otro insulto. No tienes una razón lógica. Tu corazón debe de ser muy oscuro.

Te escribo para decirte que he buscado respuestas y ayuda en mis padres y al final terminamos todos tristes o enfadados. Nos puede la rabia por no entender lo que pasa. Lo que te pasa conmigo.

Sin motivo me insultas, te ríes de mi pelo, de mis palabras, de mis gustos, de mis caídas, de la música que escucho, del teléfono que llevo, de mis zapatillas, de mi ropa, de mi estatura… de todo lo que se te va ocurriendo. Incluso me quitas la silla en clase para que me caiga y provocar la risa en los demás.

No entiendo por qué no puedes dirigirte a mi de un modo normal.

Te burlas porque me gusta un determinado videojuego, o porque no entiendo o no sé jugar a algo. Me empujas o amenazas sabiendo que mi cuerpo es más pequeño que el tuyo. Me provocas buscando que responda físicamente y encontrar la excusa perfecta para iniciar una pelea. Y si no respondo y me doy la vuelta me golpeas por la espalda. Te escribo para decirte que también estás lleno de cobardía.

Imagino que lo haces para demostrar tu poder frente a mí y los demás, para presumir delante de las niñas y sentirte como el malote del grupo, mientras que ante tus padres lo niegas todo, me acusas de mentiroso y dices que soy yo quien hace todo eso.

Te escribo para decirte que aunque me llames chivato seguiré hablando con mis padres sobre las cosas que me suceden en el instituto y en la calle. Sí, también las que me pasan contigo, porque confío en ellos y porque necesito aprender cómo actuar para no defraudarles y solucionar la situación yo solo.

Te escribo para decirte que ayer mi madre lloró y mi padre se enfadó mucho cuando le dije cómo te burlaste de mí cuando me caí de la bicicleta.

También para decirte que me dolieron más tus palabras que la caída. Porque estoy agotado de tu maldad.

Te escribo para decirte que no vivo con miedo pero sí con rabia porque tu actitud la contagias a quienes antes mantenían una buena relación conmigo. Me has convertido en el cubo donde descargar tu odio y ahora también en el de aquellos a los que malmetes.

Te escribo para decirte que he comprendido lo que buscas. Hacerme el vacío y que los demás hagan lo mismo. Quieres que me sienta solo. Buscas hacerme daño, pero no entiendo la razón.

Te escribo para decirte que sé que no soy el amigo ideal para ti, que seguramente soy un friki de pelo largo. Un raro al que le gustan los cómic, los videojuegos japoneses, de esos que estudian y sacan buenas notas. Uno de esos niños que no se le da bien ni le interesa los deportes de masas. Tú dirías que soy el pato del grupo. El que no conoce las reglas. Ese al que le pasan el balón delante de una portería sin portero y seguro que falla el gol. Lo sé, pero cada día intento ser ese que mete el gol y que da la victoria al equipo a pesar de fallar siempre. Pero seguramente tú nunca verás eso y es probable que no entiendas de qué te estoy hablando.

Te escribo para decirte que puedes sentirte el jefe de la pandilla pero no pretendas que yo te siga o te obedezca si no me apetece.

Te escribo para intentar comprender las razones. No sé si lo haces para demostrar algo, por envidia, recelo, por sentirte importante… no lo sé.

También para decirte que no pretendo ser tu mejor amigo pero tampoco el objeto de tus burlas, ofensas o tu saco de boxeo. No te pido que lo seas, ni que me hables si no quieres hacerlo, pero si un día lo piensas y te apetece hacerlo con respeto, aquí estaré.

Te escribo para decirte que puedo entender que no te caiga bien, que te moleste mi forma de hablar, de responder, actuar, de vestir, incluso de masticar chicle, y no puedo evitar que compartamos amistades, pero no les incites a que me ignoren o se burlen de mí solo porque a ti no te guste mi presencia.

Te escribo para decirte que no pasa nada porque no me invites a jugar a la Play en tu casa pero no lo hagas para que los demás me dejen solo y tirado en la calle mientras tú miras hacia atrás y te ríes. Y si me quieres invitar no lo hagas para después burlarte aún más y no dejarme participar en los juegos solo porque esté en tu casa.

Por último te escribo para decirte que podrás mentirle a tus padres, profesores y amigos, hacerles creer que eres buena persona, que no eres un ACOSADOR, que son otros los que insultan, se burlan, ofenden y agreden. Que tú no lo haces. Que a ti te da pena y que los defiendes. Puedes contarles lo que quieras pero a mí no podrás obligarme o impedir que cuente a los míos lo que me estás haciendo.

Porque tu actitud hacia mí no es cosa de niños.

©taff Sgt_Jamal D_ SutterReleased

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Los colegios e institutos están llenos de cobardes

Me contaban que día sí y día no en la puerta del IES San Roque de Badajoz se producía una pelea entre pre-adolescentes. Niños de entre 12 y 13 años se pegaban por disputas comenzadas en horario escolar. Seguramente esto pasa en casi todos los institutos de este país y eso es más triste aún, especialmente cuando lo defendemos diciendo que es algo normal entre los adolescentes basándonos en “las hormonas”.

Un insulto, una provocación, un empujón en el recreo. Tensiones acumuladas son suficiente para llegar a las manos fuera del recinto escolar y mostrar ahí las plumas de colores y el pecho hinchado que harán que el grupo se fije en los ejemplares Alpha.

Hoy he presenciado una de esas peleas. He intervenido separando a los implicados porque aunque muchos padres lo piensen, no podemos eludir lo que estamos viendo diciendo que son cosas de niños. Y tampoco apoyar la idea de que tienen que aprender a solucionar sus problemas. No al menos de esa forma. Hay problemas que aún no pueden solucionar ellos solos. Necesitan de orientación y para eso están principalmente el hogar, el colegio y el instituto.

He sentido vergüenza ajena. Vergüenza de ver lo que ocurría y de cómo el resto de alumnos se convertían en alegres espectadores que disfrutaban del espectáculo sin hacer absolutamente nada.

Eran cobardes disfrazados de compañeros. Cobardes que animaban al enfrentamiento, que jaleaban cada golpe. Cobardes que pasaban de largo. Incluso los de aulas superiores. Cobardes que se reían de las caídas. Cobardes que miraban a otro lado. Cobardes que se frotaban las manos. Cobardes que coreaban el nombre de su favorito y destacaban sus golpes como un comentarista de radio.

Estos eran los cobardes que había en la puerta del instituto. Pero dentro de las aulas hay más cobardes. Posiblemente incluso sean los mismos: Los que atacan a los más débiles, los que disfrutan burlándose del alumno destacado, los que humillan para hacer la gracia sin medir las consecuencias, los que dan la colleja al de delante, los que quitan la silla a traición para divertir al grupo sin medir el riesgo de un mal golpe, los que empujan chulescamente con el hombro y por la espalda para provocar una disputa, como si fuera una noche de pub, los que la toman con el alumno o alumna que lleva gafas, el de las orejas grandes, el pelo largo, el de las buenas notas, el bajito, el alto, el que tiene brackets, el más rellenito o el delgado…

Los colegios e institutos están llenos de cobardes. Esos que a pesar de saber lo que es el bulling o acoso escolar lo practican o lo esconden.

Quiero pensar que todos los profesores y padres están concienciados con lo que sucede pero la realidad es otra.

No podemos mirar hacia otro lado. No valen las excusas. No vale quejarse de que no hay recursos. No podemos escudarnos diciendo que esto se soluciona con dinero. Lo siento pero sí hay que hablar de manzanas podridas. Están entre los alumnos, entre los profesores y entre los padres. Manzanas que corrompen la educación y el comportamiento… el sistema educativo.

Hoy me he sentido como aquel enfermo que murió de un infarto en la puerta de un hospital porque nadie salió a atenderle.

Solo un profesor que se marchaba a casa observó lo que sucedía y me echó una mano. Me pregunto si es necesaria la presencia policial en la puerta de los colegios e institutos.

No nos gusta que nos lo digan porque creemos que nuestros hijos son buenos, encantadores y respetuosos pero tal vez es hora de abrir un poco más los ojos. Nuestros hijos no son iguales en casa que en la calle. Sí, ya sé que lo sabes y tal vez por eso debemos observar. Tu hijo/a tal vez no es tan adorable como cuando lo arropas por las noches. Tal vez es el acosador. Tal vez es el lobo disfrazado de cordero. Ese que le hace la vida imposible a otros compañer@s.

Y a ti, niñ@ acosado. A ti que cada día sufres los insultos, las collejas, las burlas, la humillación y las agresiones físicas y verbales por parte de tus “compañer@s” de clase o de esos que dicen llamarse “amig@s” no tengas miedo de hablar, de contar lo que te está sucediendo, no te sientas chivato aunque te lo llamen, HABLA CON TUS PADRES porque serán los únicos que realmente te prestarán atención. Tú sí que eres el VALIENTE. Para otros seguramente tus problemas serán cosas de niños y no tendrán tiempo o ganas para ayudarte.

02/05/2017 Feliz Día Contra el Acoso Escolar.

Teléfono de ayuda contra el Acoso Escolar del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte 900 018 018.

Noche de verano

He vuelto a recordar los juegos de las noches de verano en las calles de mi barrio cuando era un niño.

¡Qué suerte teníamos. Todavía se podía jugar en ellas sin miedo a los coches o los delincuentes!

Como cualquier padre y aunque nosotros vivíamos ajenos a la situación, nos vigilaban desde el balcón o sentados en los portales. Bajaban sillas de salón, mecedoras, butacas o sillas de campo y junto a ellos el botijo, la bota y la botella de agua. Más para nosotros que para ellos…menos el vino, claro. El alcohol ni probarlo porque de lo contrario “no creceríamos”.

Ahora la gente, al caer el sol, se mete en casa y cada uno a lo suyo, los padres a la tele y los niños a la vídeoconsola.

Pero este verano he vuelto a recordar. He vuelto a ver jugar a los niños en la calle hasta bien entrada la madrugada; al ‘bote botera’, a ‘1,2,3 pollito inglés’, a la pelota.

Y he vuelto a ver las botellas de agua junto a los padres y las sillas de campo y una pandilla de niñ@s que se hacen llamar “Los matacucas”, y el cansancio tras el juego y las caras de sueño y he sentido que no todo estaba perdido.

Y he querido guardar para siempre esos momento. Los que volviendo del trabajo me hicieron recordar los juegos de las noches de verano en las calles de mi barrio.

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Nuevo reportaje “Una tarde en la feria”

Unos padres, unos niños… y la feria.

Antes de marcharme por unos días, quiero dejaros “Una tarde en la feria”, una de esas pequeñas historias cotidianas que durante el verano se repite en muchas familias españolas.

Espero no desconectar mucho de vosotros. Aun así, que paséis un buen verano.