Un trago amargo

Este reportaje lo realicé el pasado año 2007 junto a Jon Cuesta (http://dunnodiary.wordpress.com) y Antonio Gilgado . (Publicado en el Diario HOY de Extremadura el 10 de junio de 2007. Pags. 53, 54 y 55)

Cuando cae la tarde, antes de que la noche se adueñe de la ciudad, el Metabús, una unidad móvil de Cruz Roja en Badajoz, recorre los cuatro puntos neurálgicos de la capital pacense donde se reúnen los toxicómanos a la espera de esa dosis de metadona que les ayudará a digerir su enfermedad durante otras 24 horas.
Después de acordar con Juanjo, el enfermero de la unidad, que debía comportame con respeto y cautela y siempre atendiendo a sus instrucciones, esa tarde le acompañé en la ruta.
Algunos son banqueros, panaderos, albañiles, abogados y médicos y una fotografía podría hundir su status social.
Para otros, los más desfavorecidos, salir en la prensa puede significar alcanzar la fama en su barrio.

Desde mi posición observo un ir y venir de dosis suministradas en vasitos de plástico desechables que beben a gran velocidad.
De momento no veo sus caras solo escucho sus palabras: “A mi hoy me toca 0,8” “Date prisa tío”, “Dame la mía Juanito”.

Fernando, un hombre de cincuenta y pocos años y empresario toma su dosis. Lo ha dejado varias veces, pero siempre recae. Me comenta que no le importa salir en la prensa, pero creo que no piensa lo que dice. La publicación de su imagen podría dar al traste con su empresa y he decidido preservar su identidad.

La hábitos han cambiado. Ahora lo que se lleva es fumar la coca. Son pocos los adictos que utilizan la jeringuilla. En el Metabús, para evitar contagios entre los toxicómanos, recogen las jeringuillas usadas y entregan unas nuevas.

Le insisto a Juanjo que quiero salir de la ambulancia para tomar algunas fotos. “Ahora te paso a uno que es muy buena gente” me dice con disimulo. Pero me aconseja no salir otra vez. No quiere que haya problemas. Charlamos. Nos cuenta de su mujer, también enganchada, de sus dos hijos, de sus ganas de salir, pero sus ojos delatan el cansancio, la lucha diaria contra esa “mierda”, como dice él, que se mete.

Hablamos con muchos más, de uno en uno, de dos en dos, pero ninguno quiere ser inmortalizado por mi cámara, solo contar su ‘triste’ vida. Les escucho… y digiero.
Acuden andando, en motos con sus hijos, hombres, mujeres, ricos, pobres… ¿pero donde se mete toda esta gente de día? ¿Y de noche?
Armados de valor, tres compañeros decidimos patearnos las calles más conflictivas de la ciudad con la intención de tomar contacto con alguno de ellos y que nos cuenten como pasan la noche.

Salimos a las 12, pero no hay nadie. Las calles están vacías. No hay movimiento, solo la policía patrulla y nos observa.

Una hora después oímos voces. Nos acercamos a los arcos de la Plaza Alta de Badajoz. Un toxicómano habla solo en voz alta mientras come un trozo de pan sentado en un raído colchón. Sueña y vive para el flamenco y su ronca voz nos desvela experiencias vividas con viejas glorias con las que dice compartió tablao. Verdad o mentira así pasa sus noches. De día… aparcando coches.

Nuestra presencia llama la atención a un trío de consumidores que nos pide dinero. Después de una breve charla nos confundieron con la policía secreta y salieron corriendo. No sé quién tenía más miedo si ellos o yo.

El barrio se resiente y los vecinos lo gritan por las esquinas.

Esa noche, al llegar a casa, miré los muebles, me asomé a la ventana y vi mi jardín, mi coche, vi a mi hijo dormido en su decorada habitación, me metí en la cama, besé a mi mujer y una enorme sensación de paz invadió la estancia

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