He perdido su nombre, aunque lo más probable es que ni lo apuntara Eran demasiados. Lo vi por primera vez en la escuela de Smara, uno de los campos de refugiados saharauis que salpican el Sahara argelino, cerca de Tindouf, y lo recuerdo bien por su cara de niño travieso. En el colegio hablé con él uno segundos, poco más que con el resto de compañeros de clase pero algo hizo que lo recordara con claridad, su ‘camiseta occidental’ naranja y sucia, muy sucia, sus pies descalzos y los ‘churretes’, como decimos por aquí, que marcaban su cara, mezcla del sudor y la arena del desierto.
Por la tarde lo volví a ver en la calle, en una de esas cañadas sin asfalto ni aceras que parecen repetirse una y otra vez en los campos de refugiados. Todas son iguales. Sin nombres ni números. Todos se conocen por eso no hace falta. Calles tapizadas de arena que se funde con cada casa de adobe. Todo del mismo color. La arena, las piedras, los muros, los pies… Un paisaje monocromo pero cálido, muy cálido.
Ya no tengo caramelos, los repartí todos en el colegio esa misma mañana. A él también.
Me preguntó, ¿Tu casa? Le contesté –Extremadura. El insistió –“Aquí” y le respondí que en casa de Majuta y el asintió a la vez que decía “Sidi Mohamed” y yo confirmaba su respuesta.
Mientras nos repetía “yo amigo de Majuta”, como si de un guía turístico se tratase, nos condujo entre casas de adobe y jaimas (haymah) hasta la casa de Majuta. Durante todo el ‘tour’ desconfié de sus intenciones. Llegué a pensar incluso que ni siquiera él sabía dónde nos llevaba o que la niña Majuta a la que se refería era otra.
Sus pies descalzos se perdían entre la arena pero caminaba rápido y seguro, como yo con mis zapatillas de treking. Se esforzaba por espantar a los demás niños que nos seguían, tal vez esperando una recompensa solo para él.
Detrás de esa cara traviesa no había maldad, ni trucos. Pasamos por callejuelas estrechas, como si visitáramos el casco histórico de una vieja ciudad europea, salvo que aquí, en los campos de refugiados, no hay diferencia entre lo nuevo y lo viejo, toda la ciudad es igual.
Desde el patio de la casa de Sidi Mohamed lo pude ver en la puerta, como esperando a que le invitaran a pasar, mirándome, tal vez buscando una sonrisa diferente a la que le ofrecía u otra recompensa más. No sé, tal vez ‘el amigo de Majuta’ solo se estaba asegurando de que estábamos bien.
Desde este rincón del mundo, gracias.

Abril 7, 2008 a las 1:36 am
Si todo va bien, esta imagen formará parte de una exposición que estoy preparando sobre los niños del Sahara. No sé si podré aguantar sin mostraros alguna más.
Saludos.
Lucas.
Abril 7, 2008 a las 7:49 am
Bonito momento! El tío nos llevó al sitio como el mejor gps, por ruta alternativas y el camino más corto. Probablemente lo hizo porque tenía todo el tiempo del mundo y porque, él sí, parecía buena gente.
Abril 9, 2008 a las 7:03 am
Lucas, la foto, me parece estupenda, la cara de ese niño transmite mucho.
Agosto 8, 2008 a las 2:02 am
[...] Yo con ‘el amigo de Majuta’. [...]